Ya estás cansado del pochoclo? En busca del buen cine tiene la solución... CINE EN SERIO

lunes, 20 de septiembre de 2010

Cobra Verde (Alemania Occidental – Ghana, 1987)


La mejor manera de dejar atrás el fabuloso dúo de la entrega anterior (Rowlands – Cassavetes) parece ser redoblando la apuesta. Y para ello, querido lector, la película que se presenta tiene lo que hace falta: un tándem explosivo, histórico y genial; se trata del conformado por Werner Herzog y Klaus Kinski. Enemigos íntimos, tanto su relación personal como profesional sufrió altibajos pero dejó un legado invaluable de cinco obras maestras –el film en cuestión es la última de ellas. Juntos, ambos sacaron a relucir lo mejor de sí. Kinski encarnándose en sus personajes hasta lograr niveles de involucramiento inéditos. Herzog, por su parte, plasmando a voluntad los elementos característicos de su cine: la naturaleza como contrapartida del hombre, ambas fuerzas en equilibrio endeble; la ambición y los delirios que genera; la cámara como simple testigo, como eslabón escondido de un estilo naturalista y documental; la exploración –solitaria e intrépida- de lo desconocido.

Cobra Verde narra las acciones de Francisco Manoel da Silva (Kinski), un granjero de espíritu libre, rebelde y anárquico. Cuando su rancho es devastado por una inundación, se ve obligado a trabajar en una mina de oro. Pero pronto descubre que está siendo explotado y, en un altercado, da muerte a su empleador. Desde allí comenzarán sus ruedos por fuera de la ley, y será conocido como el temible bandido Cobra Verde. Merodeando sus dominios, el forajido reduce a un esclavo prófugo cuyo patrón es el poderoso azucarero Don Octavio Coutinho, quien queda profundamente agradecido por el gesto. Como reconocimiento, decide incorporarlo como supervisor de sus esclavos. Al poco tiempo el empresario descubre no sólo quién es realmente su nuevo empleado sino también que será abuelo y por partida triple: da Silva ha embarazado a sus tres hijas. Indignado, considera que la muerte no es castigo suficiente; el impostor merece ser enviajo a África, a reestablecer el comercio de esclavos. Una misión imposible y, a priori, suicida. Sorpresivamente, el protagonista acepta el desafío.

A su llegada a la costa occidental del continente negro, lo espera el salvaje rey Bossa Ahadee. Contra todo pronóstico, Cobra Verde logra convencer al cruel y despiadado monarca de intercambiar esclavos por rifles. Pero ello no es todo, y el invasor pronto se apodera del Fuerte Elmina, estableciendo allí su centro de operaciones. No obstante, el rey decide tomarlo prisionero y -acusándolo de insólitos cargos, lo condena a muerte. Da Silva logra escapar y se alía con un príncipe rebelde que desea derrocar al tirano. Para ello, el brasileño entrena un vasto ejército de mujeres. La operación es un éxito, y el subversivo príncipe es ahora el rey. La situación del hombre blanco se consolida, y el negocio florece. Pero no por mucho tiempo: los portugueses y los ingleses desean arrebatarle la plaza, y la relación con el flamante soberano comienza a decaer. Agotado, el infame guerrero decide huir, pero puede que sea demasiado tarde…

“Una obra de arte que encierre teorías es como un objeto sobre el que se ha dejado la etiqueta del precio”. La reflexión, que pertenece a Marcel Proust, bien podría ser obra de Herzog. El director germano se remite a presentar la historia no con objetivos concretos, sino como un retrato más de la eterna (¿y vana?) conquista de lo inútil: como una mera expresión artística. Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

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lunes, 23 de agosto de 2010

Love Streams (USA, 1984)


Constituye un gran honor, un verdadero motivo de orgullo, introducir la película en cuestión para aquellos que desconozcan la obra de John Cassavetes. Para los que sí la conocen, se trata entonces de una enorme responsabilidad. La misma radica en hacer merecida justicia a este cineasta genial, que influyó a generaciones enteras y cuyas tan personales creaciones no cesan de fascinar a los espectadores a través de los años. Porque al indagar en las relaciones humanas, con su estilo frontal y minimalista, parece lograr el cometido más codiciado: reflejarlas con transparencia y naturalidad, pero a la vez con un dejo propio e inconfundible. Su impronta única lo sitúa entre los talentos más destacados –fue también un notable actor- del cine independiente norteamericano.

Corrientes de amor narra las acciones de Sarah Lawson (interpretada por la estupenda Gena Rowlands; musa inspiradora, esposa y actriz fetiche del director) y de Robert Harmon (Cassavetes). Ambos protagonistas tienen mucho en común. Algunas de estas características son evidentes como, por ejemplo, el hecho de que son de edad madura y de que están solos en el mundo, ansiando encontrar amor en sus vidas. Hay otras que no lo son tanto, y se irán develando con el transcurrir de las acciones.

Sarah acaba de divorciarse de su marido (Seymour Cassel, actor recurrente en el director). Al golpe que esto implica, se le suma que Debbie -la hija que ha resultado del fallido matrimonio- prefiere vivir con su padre antes que quedarse con ella. Pero la elección de la niña no es improcedente: su madre tiene una conducta errática e impredecible, que incluye frecuentes ataques de nervios y accesos neuróticos.

Robert, por su parte, es un escritor atormentado por sus propios fantasmas como artista. Su gran afición por el alcohol y los cigarrillos, así como su afinidad por las mujeres más jóvenes, lo llevan por un camino vertiginoso y nocivo. En el mismo no parece haber lugar para las responsabilidades, en especial cuando de su pequeño hijo se trata.

¿Pero qué es lo que vincula a estos dos personajes?, se preguntará Ud., querido lector. La respuesta pareciera ser que ambos viven al límite, encerrados en sus propios abismos. En el apremiante confinamiento en que se encuentran (la mayor parte del film transcurre en la casa de Robert), necesitan algo a lo que aferrarse. Y esa esperanza reposa en el amor, en ese extraño sentimiento omnipresente en la obra de Cassavetes y que tanto lo obsesiona. Es el amor desencantado, fraternal, reflexivo y existencialista el motivo de sus más íntimas pesquisas; es el amor como excusa para soportar el dolor, como remedio contra la densa realidad. La necesidad de encontrar un compañero, esa otra pata que permite a nuestra estructura mantenerse en pie y a escapar de la apremiante soledad. Alguien en quien confiar sueños, miedos, proyectos y pasiones. Ese alguien a quien poder afirmarle, en palabras de Miguel de Unamuno, “si tu pie izquierdo te duele, mi pie derecho empezará a dolerme”. Eso mismo es lo que buscan Sarah y Robert, y lo que anhelan hallar imperiosamente, aunque no sea necesariamente el uno en el otro...

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viernes, 16 de julio de 2010

Unforgiven (USA, 1992)


La película que se presenta nos sitúa, querido lector, nada menos que ante el género western. Grandes directores y talentosos actores incursionaron en él, logrando obras tan inmortales como esenciales. Tal es el caso de la que nos atañe, con la particularidad de que está lejos de la época de oro de los retratos del lejano oeste. Sólo un especialista en el género –tanto desde atrás de la cámara como frente a ella- podía revitalizarlo y aportar algo nuevo cuando lograrlo parecía más una utopía que una posibilidad concreta, cuando todo indicaba que el mismo estaba condenado a vivir de recuerdos. Éste no es otro que Clint Eastwood, hoy un aclamado y consagrado cineasta. Podría afirmarse que hasta realizar este proyecto, si bien ya existía algún indicio, su talento no estaba confirmado: todavía se lo asociaba con el duro policía Harry Callahan (protagonista de la saga Harry, el sucio) y con los spaghetti westerns. Desde entonces, y a partir de esta obra maestra, su nombre figura entre los más importantes del séptimo arte.

Los imperdonables narra las acciones de William Munny (interpretado por Eastwood), un otrora despiadado forajido, ebrio y asesino. Reformado, se ha recluido hace ya algún tiempo en la campiña, donde vive con sus jóvenes hijos. Su mujer, artífice fundamental de su recuperación, ha fallecido. Su situación económica es apremiante. Se siente viejo, cansado y solo. El pasado merodea. Un día, llega a su encuentro un intrépido joven que se hace llamar The Schofield Kid. Ha oído hablar de las infames hazañas de Munny y desea reclutarlo para una misión. En el pueblo de Big Whiskey, unos cowboys han atacado salvajemente a las prostitutas locales. Las mismas ofrecen una cuantiosa recompensa a quien logre matarlos. No sin dudas, el viudo finalmente acepta embarcarse en la peligrosa aventura. Como única condición, pide incorporar al equipo a Ned Logan (Morgan Freeman), su antiguo compañero. A Ned no le resulta fácil abandonar a su esposa, pero termina aceptando la oferta. Y parte así la banda aparte.

Las cosas no serán sencillas. El pueblo se encuentra convulsionado por el cuatro de julio y por el ofrecimiento proveniente del lupanar. Su sheriff, otro violento ex pistolero conocido como Little Bill (Gene Hackman, descollante) no está dispuesto a permitir la llegada de malvivientes cazadores de recompensas. La prueba de ello se produce cuando se topa con English Bob (otra labor sobresaliente, esta vez de Richard Harris), un viejo conocido de los tiempos pasados. En este contexto es que llegan los tres visitantes a cumplir su cometido. El mismo, como es de imaginarse, no les será nada sencillo. El resto es patrimonio del poniente.

Dedicated to Sergio and Don. Con esa sentencia finalizan los créditos. El director se refiere aquí a sus mentores, Sergio Leone y Don Siegel. Lamentablemente, ninguno de ellos vivió lo suficiente para ver la creación de su discípulo. Una oda contra la violencia. Un estudio sobre la importancia del pasado y la subjetividad de la moral, enmascarado en la simplicidad de un género que, como demuestra Eastwood, puede alcanzar un trasfondo enorme y significativo. Salud Clint; Sergio y Don estarían orgullosos.

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martes, 22 de junio de 2010

La Pianiste (Alemania – Austria – Francia, 2001)


Las películas de Michael Haneke no suelen pasar desapercibidas. Pertenecen a esa casta –privilegiada, si las hay- que trasciende los gustos y opiniones personales para rendirse ante la evidencia: se está ante un eximio explorador de la naturaleza humana. De sus aspectos más oscuros y retorcidos (sí, hay que reconocerlo); pero humanos al fin. En este caso se basa en un escrito de la austríaca Elfriede Jelinek, ganadora del Premio Nobel, para dar forma a una trastornada historia de amor. Porque, en el fondo, se trata de eso. Más allá de que los protagonistas tengan una visión diferente acerca del mismo. Visión que, como se verá, irán modificando con el tiempo hasta descubrir sus facetas más recónditas e impredecibles.

La profesora de piano narra las acciones de Erika Kohut (interpretada por Isabelle Huppert, en una performance inolvidable). Ella es una reconocida intérprete de aquel instrumento, a tal punto que da clases en la prestigiosa academia local. Estricta, seria y fría, su vida gira en torno a su gran pasión: la música. De edad madura, es soltera y vive con su madre, con quien mantiene una extraña relación de absoluta y opresiva sumisión, originada en una sobreprotección extrema. Su vida profesional es un éxito, es sumamente respetada y admirada por propios y extraños. Pero su vida personal es un tanto diferente. Ajena al amor, prácticamente desconoce la existencia del término. En cuanto a su vida sexual, se reduce a espiar parejas o a frecuentar antros donde se vende y exhibe pornografía. Hasta que un día un apuesto joven comienza a interesarse en ella.

Walter Klemmer es un estudiante de ingeniería, con gran afición por el piano. Un día, en una reunión, conoce a Erika y queda profundamente impresionado. Pese a la indiferencia y al desprecio que ella le demuestra, él no está dispuesto a bajar los brazos. A tal punto, que se presenta en la academia con la intención de ser su alumno. Es aceptado, y su obsesión crece. Ella, por su parte –y a su manera- comienza a ceder ante las demostraciones de amor de su discípulo. Hasta que, finalmente, se produce el ansiado encuentro. Pero el mismo tiene poco de ortodoxo y romántico. “No tengo sentimientos” advierte en un punto la profesora. Pero el joven no quiere, o no puede, escucharla. Está convencido de, en alguna parte, la mujer esconde un lado tierno y sentimental. Sólo es cuestión de encontrarlo. Pero el tiempo pasa, y la situación no cambia. De a poco la mente del estudiante comenzará a ensuciarse, a impregnarse de esa cruda violencia que exhibe su amada. Hasta el punto tal, que se decide a acatar las perversas reglas de Erika. Se encuentra ahora irrevocablemente alienado, y nada bueno podrá resultar de ello.

¿Qué es el amor? Pregunta difícil si las hay, querido lector. “El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un precipicio”, afirma Stendhal. Walter Klemmer puede dar fe de ello, sin duda alguna. Pero también su profesora de piano. A su manera, ella lo amó. Después de todo, es la única forma que ella conocía de amor. ¿Es acaso su culpa? De alguna forma (que no conocemos, y que Haneke –brillantemente- no se preocupa en mostrar) llegó a convertirse en ese ser. En su mente, infectada de pornografía y sexo escatológico, esa es la única forma de expresión física amorosa. No existe otra cosa. Lamentablemente, pagará un alto precio para descubrir que la realidad dista mucho de aquello.

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lunes, 31 de mayo de 2010

Slums of Beverly Hills (USA, 1998)


Una comedia. Una propuesta que, a priori, puede parecer un tanto light. Y quizás lo sea, especialmente en comparación con la película anterior. No obstante, querido lector, es a través de sus ingeniosos diálogos y de su refinado sentido del humor que logra destacarse por sobre otros títulos del género. Se trata del primer largometraje de Tamara Jenkins, que alcanzaría el reconocimiento y la fama casi una década más tarde con La Familia Savage. De marcado tinte autobiográfico, la obra indaga en la adolescencia de una joven perteneciente a una familia –disfuncional y judía- en el Beverly Hills de los 70s.

Suburbios de Beverly Hills narra las acciones de Vivian Abromowitz (interpretada por Natasha Lyonne), única mujer entre dos hermanos –Rickey y Ben- y un padre divorciado, Murray (Alan Arkin). La situación económica de la familia no es buena, ya que la venta de autos a la que se dedica este último se encuentra estancada por la entrada al mercado de modelos japoneses. Pero, recibiendo ayuda frecuente de su solvente hermano Mickey, se las ingenia para mantener la familia en el exclusivo barrio de Los Ángeles y poder enviar a sus hijos a los colegios públicos del mismo. Es así como desarrollan un modo de vida nómade, mudándose de un departamento barato a cualquier otro que pueda aparecer a mejor precio. Es en este contexto que Vivian enfrenta los dramas de la adolescencia: el despertar sexual, nuevos sentimientos frente a un extraño vecino que le gusta, la incomprensión y el aislamiento, el desarrollo de unos senos prominentes… Como si esto fuera poco, se le agrega uno nuevo: cuidar a su prima Rita (interpretada por la bella y talentosa Marisa Tomei).

Rita acaba de escapar de un centro de rehabilitación por sus problemas con las drogas y el alcohol. No sabe qué hacer con su vida, es irresponsable y peligrosa. Pero es la hija de Mickey. Murray decide entonces tomarla bajo su tutela y la envía a una escuela de enfermeras, asegurándose el mecenazgo por parte de su hermano. Pero las cosas no serán sencillas en casa con la nueva integrante. Ben está obsesionado con convertirse en un actor famoso. Rickey, por su parte, sólo desea algo de atención. El padre tiene sus propios problemas con una mujer muy demandante. Sin contar siquiera con el entusiasmo de Rita, el plan pronto se verá muy comprometido; mantener la farsa viva durante la inminente visita del tío rico parece una utopía…

El film cumple con los requisitos del género: es dinámico en las acciones, cuenta con personajes estrafalarios y los gags necesarios; en síntesis, lo suficiente para hacer reír al espectador cuando se lo propone. Pero va más allá también y, por momentos, se torna en un drama que analiza las relaciones familiares. Relaciones que tienden, de por sí, a ser difíciles y problemáticas. Así como todo chiste, en el fondo, encubre una verdad –según el Dr. Freud- aquí los momentos graciosos sirven de bálsamo para las tensiones y las situaciones sofocantes. Todo ello sin entrar, acertadamente, en debates o planteos morales que serían superfluos y pretenciosos. Si algo nos han enseñado la posmodernidad y el incipiente siglo XXI es que la realidad supera a la ficción y que nos encontramos absolutamente curados de espanto. Difícilmente pueda sorprendernos lo que arroja la pantalla, pero sí probablemente las conclusiones obtenidas. O, al menos, el mero hecho de pensar en ellas. Por nosotros mismos, claro.

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viernes, 14 de mayo de 2010

Stellet Licht (México – Alemania – Holanda – Francia, 2007)


“A surprising picture, and a very moving one as well”. Las palabras avalan la elección de la película que se presenta. Y más aún cuando se trata de la opinión de un director genial, cuyo conocimiento acerca del arte cinematográfico puede considerarse omnímodo, como lo es Martin Scorsese. Pero es otro el creador de esta obra maestra, y su nombre es Carlos Reygadas. Este es el tercer trabajo del cineasta mexicano, que parece haber alcanzado aquí la madurez plena en su estilo después de lo insinuado en Japón y Batalla en el cielo, sus dos propuestas previas. Estilo que tiene como estandarte la belleza estética y la inacción, y cuya distintiva lentitud se alcanza –entre otros recursos- a través de largas tomas y planos estáticos.

Luz silenciosa narra las acciones de Johan, un campesino que pertenece a la comunidad menonita del norte de México. Si ya su mero nombre sugiere una distancia con su país, su apariencia la ratifica y su lenguaje la verifica: se comunica en plautdietsch, un dialecto utilizado por los menonitas rusos que poco tiene que ver con el español. Johan lleva una vida austera, profundamente religiosa y rutinaria. Trabaja en el campo y vive con su familia, compuesta por su mujer, Esther, y sus siete hijos. Es respetado entre sus pares de la comuna, que se encuentra aislada y cuyos modos y costumbres lejos están de los que se observan en cualquier urbe o poblado del país azteca. Mas no todo lo que brilla es oro. Hace un tiempo que mantiene él una relación extramatrimonial. Y esto, más allá del dilema familiar y social con el respectivo cargo de conciencia que le genera, lo pone en contra de un ente superior y sagrado: la Biblia, nada menos que la palabra de Dios.

Desconcertado, Johan acude a su padre. Para su sorpresa, el padre –que es ministro religioso- ha atravesado una experiencia similar y podrá aportar sabias palabras al respecto. De cualquier forma, la decisión no es fácil ya que sus sentimientos hacia Marianne (tal el nombre de la tercera en discordia) son absolutamente genuinos; él está completamente enamorado de esta mujer. Ella forma parte de la comunidad, y cumple con todos los requisitos necesarios para ser considerada digna de su amor. ¿La ama tanto, acaso, como a la madre sus hijos? He aquí la disyuntiva que lo azota y lo flagela sin tregua alguna. Pero hay un detalle importante que hará todo más complicado aún. Y es que él le ha comentado a su mujer la situación… Acertada o no, la decisión tendrá como consecuencia una precipitada aceleración de las acciones que llevarán a un final fantástico (en el sentido literal del término, aunque también –porqué no- en el figurado) y cargado de simbolismo.

La belleza de las locaciones donde transcurren las acciones, el ritmo cansino y el uso de actores no profesionales dotan a la obra de un alto contenido poético. La extrema consideración por la estética hace de esta película un espécimen único e imperdible. Las influencias de Antonioni, Tarkovski, Malick y muchos otros son claramente apreciables; pero, afortunadamente, no dejan de ser sólo eso. Si el cine, como sostiene André Bazin, sustituye nuestra mirada por un mundo más acorde con nuestros deseos, entonces no cabe duda que lo que hace Reygadas es cine. Y me permito agregar, querido lector: cine del más puro.

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jueves, 22 de abril de 2010

A Religiosa Portuguesa (Francia - Portugal, 2009)


El frenético BAFICI ha ornamentado, como desde hace 12 años, el otoño porteño. Y ha dejado, como siempre, material para un variopinto debate con obras de todo tipo. Más allá de los films galardonados, la película que se presenta ha sido –en la opinión de su humilde servidor, querido lector- una de las más destacadas (y destacables) del festival. Ambientada en la bella Lisboa, con personajes franceses y un director norteamericano –Eugène Green, radicado en Francia- ofrece un cóctel sumamente interesante que permite al espectador sumergirse en mundo místico, logrado en gran parte por el acertado uso de los magníficos fados lusitanos.

La monja portuguesa narra las acciones de Julie, una actriz parisina que arriba a la capital de Portugal para filmar una película. Se trata de su primera visita a la ciudad; dato curioso si se tiene en cuenta que su madre proviene de ese país, y que maneja el idioma a la perfección. Su papel es el de una monja del siglo XVII que vive un romance con un soldado francés. Julie acaba de finalizar una relación amorosa y, para mitigar el dolor, decide incursionar en las pintorescas calles de la ciudad. Así, va descubriendo en su camino diferentes personajes vernáculos. Vasco, uno de ellos, es un nene que juega solo en una plaza cuando el resto de los niños está en el colegio. Henrique, por su parte, es un hombre taciturno que la aborda osadamente y que parece tener mucho que contar. También sus compatriotas nutren sus días de rodaje: Denis, el director del film (interpretado por Green) y Martin, el coprotagonista.

Como es habitual en ella, esas relaciones acarrean un tinte superficial y efímero. Pero es cuando -en una capilla donde se graban escenas de la obra- la protagonista descubre a una monja rezando en posición genuflexa durante toda la noche, que su papel y su identidad comienzan a entrelazarse. Y más aún cuando se encuentra con un misterioso joven, quien le recuerda a la leyenda de Don Sebastián. Julie se decide finalmente a entablar conversación con la hermana Madalena, quien le ofrecerá profundas reflexiones que cambiarán su vida para siempre. Decidida a asumir su destino, la joven parece haber encontrado el sentido que faltaba en su existencia. Para ello buscará en el olvidado Vasco la compañía estable que estaba necesitando, y que nunca -hasta ahora- se había animado a asumir.

Son las pequeñas calles de Lisboa, con sus subidas y bajadas e infinidad de rincones encomiables, el lugar perfecto para recrear esta historia que oscila entre la realidad y la ficción. La música tradicional portuguesa colabora mucho para alcanzar la atmósfera onírica que puebla la pantalla. Se sumerge al observador en un mundo casi irreal, donde cuesta incluso reconocer a los humanos en los diálogos (los constantes primeros planos fijos y la peculiar forma de hablar de los personajes acrecientan el efecto). Al fin y al cabo, “lo absurdo es lo divino”, como sentenció alguna vez Pessoa. Se trata de una particular experiencia cinematográfica, sumamente original y fuera de los cánones tradicionales. Y eso hoy, en este séptimo arte de apenas un siglo de historia, ya es mérito suficiente.

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